domingo, 3 de junio de 2012

PROBLEMAS DE COMUNICACIÓN


Pese a la enorme cantidad de información a la que estamos expuestos o podemos acceder, la comunicación entre personas y organizaciones no ha experimentado una mejora cualitativa proporcional a ese crecimiento cuantitativo.

Disfrazadas de conversaciones, muchas veces mantenemos monólogos compartidos que nos llevan a versiones poco coincidentes de lo que cada uno ha querido decir y ha entendido que le ha dicho la otra persona. Esto es extrapolable a las reuniones donde participan varias personas y a las relaciones entre organizaciones.

Alejandro Jodorowski, en una recopilación de cuentos zen, haikus y koans que hizo en su libro "El dedo y la luna" incluyó el cuento que transcribo a continuación y que ilustra claramente los problemas de comunicación derivados de ese lenguaje de sordomudos y de esos monólogos compartidos que hacen que muchas de nuestras conversaciones se asemejen a la del idiota tuerto con el teólogo.


EL IDIOTA Y EL TEÓLOGO


Un monje zen vivía con su hermano tuerto e idiota. Un día que tenía que conversar con un famoso teólogo, venido desde lejos para verle, se vio obligado a ausentarse. Le dijo entonces a su hermano:
- ¡Recibe y trata bien a este erudito! ¡Sobre todo no le digas una sola palabra y todo irá bien!

El monje abandonó entonces el monasterio. A su regreso, fue a ver rápidamente a su visitante:
- ¿Te ha recibido bien mi hermano? -le preguntó.

Lleno de entusiasmo, el teólogo exclamó:
- Tu hermano es una persona muy notable. Es un gran teólogo.

El monje, sorprendido, farfulló:
- ¿Cómo?..., ¿mi hermano, un ... teólogo?

- Hemos tenido una conversación apasionante -prosiguió el erudito-, expresándonos sólo mediante gestos. Yo le he enseñado un dedo, él ha replicado mostrándome dos. Entonces yo le he respondido, como es lógico, mostrándole tres dedos, y él me ha dejado asombrado mostrándome un puño cerrado que ponía fin al debate... Con un dedo, yo le he indicado la unidad de Buda. Con dos dedos, él ha ampliado mi punto de vista recordándome que Buda era inseparable de su doctrina. Encantado por la réplica, con tres dedos, yo le he dado a entender: Buda y su doctrina en el mundo. Entonces él me ha dado esta réplica sublime mostrándome su puño: Buda, su doctrina, el mundo, forman un todo. A esto se llama rizar el rizo.

Algún tiempo más tarde, el monje fue a ver a su hermano tuerto:
- ¡Cuéntame lo que pasó con el teólogo!

- Es muy sencillo -dijo el hermano-. Él me provocó mostrándome un dedo para hacerme observar que yo no tenía más que un ojo. Al no querer ceder a la provocación, yo le repliqué que él tenía la suerte de tener dos. Se obstinó, sarcástico: "De todos modos, sumando los de los dos, hacen tres ojos". Fue la gota que colmó el vaso. Mostrándole mi puño cerrado, le amenacé con dejarle tieso en el acto si no ponía fin a sus malintencionadas insinuaciones.

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